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Intentando ser feliz

Intentando ser feliz

No existe una receta para alcanzar la felicidad. Pero, ¿qué es la felicidad? A menudo podemos confundir este sentimiento con otros que, aunque se parecen mucho, no son lo mismo. ¿Cuáles son esos sentimientos?, ¿por qué se confunden o se equiparan con la felicidad? Vamos paso a paso.

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Reconocemos al instante cuando estamos felices, pero ayer que le pregunté a mi mejor amiga porqué se encontraba feliz, me respondió que no lo sabía, que ni siquiera había pensado en el significado de la palabra felicidad. Luego pude notar que mi amiga se encontraba así, radiante, sonriente, tal vez feliz porque había comenzado a salir con alguien hacía poco. Y todo marchaba viento en popa.

Mi amiga, que es una mujer sumamente talentosa además de atractiva, y todas las virtudes que quieran, había pasado muchos años sin tener una relación formal. Esta nueva aventura parecía encaminarse precisamente a eso, a algo estable, a eso que mi amiga estaba dispuesta una vez que consiguió lo que deseaba en otros ámbitos de su vida. Después de realizarse profesionalmente, de conseguir un buen empleo, de adquirir un departamento, etcétera, sólo le faltaba la cereza del pastel: el amor.

Pasó un tiempo considerable en el que casi no nos frecuentamos, pues al darle entrada al amor, mi amiga tuvo que dedicarle tiempo (y todo lo que conlleva) a la persona elegida. En ese lapso de tiempo hablábamos por teléfono, y me contaba las maravillas de la situación. Yo estaba muy feliz por mi amiga, y no me importaba verla, ahora, una vez al mes.

Mientras tanto, yo pensaba que yo sería feliz cuando, como mi amiga, consiguiera todo aquello que quisiera. Y que el amor, una pareja, era algo esencial para alcanzar  la felicidad. Pero yo no conocía a nadie que, siquiera, me gustase mucho. Al igual que mi amiga, ya me había desarrollado profesionalmente y laboralmente, la relación con mi familia era buena… Y aunque tenía pretendientes bien parecidos, muchas veces resultaban unos perfectos patanes.

Pero algo me faltaba, un sentimiento extraño crecía en mí, un sentimiento como de vacío, como de falta de algo, y yo negaba que me faltara “mi otra mitad”. Porque siempre creí que también podía ser feliz estando “sola”. Como me sentía muy inquieta me puse a investigar por todas partes, en internet, en libros, sacaba el tema a colación durante pláticas casi con cualquier persona.

Cuando escribí la palabra felicidad en Google, de inmediato me mandó a Wikipedia, donde dice que la felicidad es un estado emocional que se produce en la persona cuando cree haber alcanzado una meta deseada. Y el artículo reitera que la felicidad está estrechamente relacionada con una condición de satisfacción y alegría.

Entonces pensé que, aquel día que mi amiga me dijo que estaba feliz sin saber por qué, lo que sentía, en realidad, era alegría. Y que la felicidad llegó cuando, por fin, se comprometieron ella y el susodicho. Yo seguí como siempre, y poco a poco el sentimiento “raro” fue desapareciendo. Continué soltera. Y a mi amiga el matrimonio le duró un respiro. Tras la ruptura, cayó en una terrible depresión.

Era perfectamente normal que se sintiera como se sentía. La tristeza que viene tras cualquier ruptura es natural. Pero lo que no es normal es seguir así por meses, creyendo que no se puede vivir sin la otra persona. Mi amiga centró su felicidad entera en un hombre, y eso, aquí y en China, es más peligroso que andar sola por la calle a la media noche.

Yo cada vez me sentía mejor, hasta que un día también me enamoré, y tuve mucho, mucho miedo. Miedo de que me pasara lo mismo que a mi amiga, de que no funcionara, de que me volviera dependiente, cuando no había nada que motivara que lo nuestro fracasara. Pero fracasó. Y sucedió precisamente por mi predisposición, por mis temores, y por creer que a todas nos va a pasar lo mismo, o que todos los hombres son iguales.

Después de un tiempo, mi amiga y yo nos sentamos finalmente más tranquilas, y solteras nuevamente, a platicar del amor, de los hombres, y de la felicidad. Llegamos a la conclusión de que no podemos basar nuestra felicidad en otra persona, pero que el amor es, en definitiva, otro de los sentimientos que nos conducen a sentir felicidad.

Que conseguir aquello que nos proponemos  también nos acerca a ese estado emocional. Pero que, por otro lado, la felicidad tampoco puede ser eterna, y entonces no debemos confundirla con el bienestar que nos da, por ejemplo, la estabilidad laboral y económica. Satisfacer nuestros deseos es otro escalón, pero también implica un riesgo, porque cuando no lo logramos, esa frustración puede conducirnos a terrenos muy desagradables.

Tampoco podemos copiar los pasos de otro para ser más felices, nada funcionará igual para todos. Ahora que sabemos esto gracias a nuestra búsqueda, a intentarlo con todos los tropiezos que quieran, hemos podido conocernos mejor a nosotras mismas. Porque nadie nace sabiendo nada, estamos aquí para aprender, para construir el camino que se quiera. Y si somos auténticas, como lo es cualquier kipcool, estamos más cerca de ser felices.

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